jueves, 11 de febrero de 2016

“Mi nieta, mi niña, mi única compañía”, lamenta abuela de niña que murió tras ingerir pastillas

La palabra suicidio no debería existir en el lenguaje de una niña de nueve años. Tampoco la orfandad y  la pobreza extrema.  Pero  el nombre de Alberchy Santana se vincula a todas esas tragedias junto a la tragedia que fue su propia vida. Una vida breve que terminó con una sobredosis de medicamentos en una escuela insalubre junto a una maestra sin título, que le sacó cuatro pastillas de la boca y trató de salvarla con un vaso de leche, mientras la niña agonizaba sobre un viejo banco de madera.

Alberchy no conoció a su papá. Lo mataron antes de que naciera. Un tío de la niña dice que fueron unos desconocidos, pero vecinos del sector aseguran que fue la Policía.  La madre murió  cuatro años más tarde cuando Alberchy tenía cinco años. De la enfermedad que la mató también hay versiones distintas. La de la familia es cáncer vaginal.

Mientras para su tío se trataba de una niña juguetona, como cualquier otra, y asegura que no hay culpables, que todo se trató de un accidente, la profesora dice que encontró en la mochila de la pequeña los recordatorios de las misas de sus padres y que Alberchy era una niña triste, aunque no lloraba, que le ocasionaba problemas. Se escapaba de la escuela cuando, al igual que a los otros niños, les permitía salir durante la hora del recreo a comprar merienda. Así que optó por pedirle a la abuela que le comprara  a la niña lo que esta fuera a comer de manera que no tuviera que salir a la calle.

Alberchy no tenía papeles, dice la maestra, y le llamaba tío a todos los hombres.

La casita de zinc, echa a remiendos, donde la niña vivía junto a su abuela, resultó pequeña para albergar a los vecinos que acudieron al velatorio de Alberchy. La niña traviesa que se les colaba en la casa, estaba ahora quieta, con la piel más oscura, producto de la intoxicación que le causó la muerte, y bajo un ramo de rosas colocado sobre el cristal de su ataúd.

Dichosa Heredia, un nombre que parece una ironía para una mujer que primero perdió a su hija y luego a su nieta,  cuenta que el día que la niña se tomó las pastillas ella tuvo un presentimiento, sabía que algo malo pasaba. “Estaba haciendo una sopa y sentí un frío en la espalda, como un susto en el pecho”, dijo.

Sentada en una silla plástica, en la puerta de la casita de madera de la manzana 1, calle primera, parte atrás, en el Ensanche Isabelita, donde vivía y ayer eran velados los restos de la menor, Dichosa era consolada por algunos familiares y vecinos  mientras aseguraba que ha perdido a “su única compañía”.

Ahogada por el llanto, casi sin poder hablar, la abuela que asumió la crianza de la niña huérfana dice que nunca la llamaron de la escuela, que ella fue a buscarla, como todos los días, pero que un poco más temprano porque presentía algo. “Cuando llegué, la encontré en un banco acostada, la profesora me dijo que la vio rara y después se desmayó, que le sacó unas pastillas de la boca y que le dio leche, pero por más que la llamé no abría los ojos y ahí yo también me puse mala y salí corriendo a llamar gente”.

Cuenta que inmediatamente los vecinos del lugar salieron en su auxilio y que uno de ellos la llevó a emergencias de Hospital Darío Contreras, donde recibió atenciones y luego la refirieron al Robert Reid Cabral, allí permaneció por ocho días, hasta su deceso el pasado lunes.

Dichosa reconoció  que “las pastillas eran mías, me las dieron en un operativo médico para el dolor del cuerpo”. Asegura que guardaba las pastillas en una gaveta y que no se dio cuenta cuando su nieta las tomó.

fuente:zolfm.com

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