lunes, 2 de octubre de 2017

ANGUSTIA: Detrás de dádivas que a veces no les toca; historias de envejecientes que piden en las iglesias

“No me pudo dar nada, porque esas mujeres le echaban mano, y yo tenía miedo, porque me podían tumbar”.
El lamento corresponde a la envejeciente Francia Ramírez, de 83 años, minutos después de que intentara, sin éxito, recibir alguna limosna que entregaba una dama a un grupo de  perdigüeños, a la salida de una iglesia.  
“Yo estoy enferma, sufro de azúcar, de cataratas, y de la presión”, comentó cuando fue abordada por reporteros de LISTÍN DIARIO.
Pese a su avanzada edad y a sus dolencias, se trasladó desde el sector Villas Agrícolas a la Zona Colonial, para  participar en una eucaristía en la Iglesia Nuestra Señora de las Mercedes, y también ver si allí encontraba alguna ayuda.  
Creía que no iba a venir por la azúcar, la azúcar me acabó”, enfatizó.
No tenía la intención de abandonar el área después que se marchó la señora que daba la limosna, porque quería  ver  si conseguía algo, ya que no pudo obtener nada en ese momento.  
Caminaba sostenida en un bastón, porque se fracturó una pierna en el metro, según contó. Andaba acompañaba de una biznieta adolescente, a la cual también se le vio extender la mano en espera de dinero.  
¿De qué vive?
Francia expresó que ella percibe algunos ingresos por la venta de botellas. “Me las llevan y yo las voy echando en un saco. Yo antes las cargaba pero ya no puedo, las fuerzas no me dan”, apuntó.
Narró que comenzó a vender botellas cuando tenía 20 años, lo cual combinaba con rifas.
Es viuda desde hace 17 años. Vive en una casita que le dejó el esposo. “El marido mío se murió y con esa casa no cuento, porque él tuvo siete hijos en la calle y nada más están esperando que yo me muera para hacerla vender”, manifiesta.
Describe la vivienda como un ranchito, para enfatizar que no está muy buena. “Allá tengo yo tó´ mojao,  se me metió el agua,  yo  tenía miedo que el ciclón (María) me la tumbe”, cuenta.  Dice que tiene una cama porque se la regaló una de la iglesia, que se la llevó a su misma casa. 
Comenta que aunque su marido era discapacitado de una pierna, le buscaba su comida, porque era pensionado de la Policía. “Pero el chequecito, como no éramos casados, no me lo dieron”,  se quejó. 
Tiene cinco hijas, de las cuales solo una es empleada. Trabaja  en el ayuntamiento, donde se ocupa de barrer en las calles. Manifestó que otra se dedica a vender ropitas. “No tienen empleo, mira, ni la tarjeta de Comer es Primero me la han conseguido”, dice.     
fuente:listindiario.com

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